Carta de un padre desesperado a la opinión pública es una carta firmada por José Manuel GIL SADABA, padre de un preso vasco menor de edad, que EGIN publicó en su nº del 29 de octubre de 1997 en la sección "hoy escribe".
Hoy después de 10 meses de continuas torturas, primero físicas a nuestro hijo y posteriormente psíquicas a toda la familia y todos los fines de semana en las visitas que realizamos a nuestro hijo en la cárcel de Alcalá-Meco; despues de 10 meses de desesperación, impotencia, miedo, terror, odio; despues de 10 meses de continuos intentos frustrados para conseguir entrevistas con el señor arzobispo de Pamplona, con politícos navarros, vascos, españoles y otras personalidades, he decidido hacer públicas estas declaraciones.
Para comenzar quiero que sepan cómo fue detenido mi hijo. El día 30 de diciembre de 1996, a las 23 horas, cuando regresaba a casa con mi esposa y mis dos hijos menores de edad, tres personas salieron de un vehículo; una de ellas se nos acercó, se identificó como policía y nos pidió la documentación. Una vez identificados, cogió del brazo a mi hijo Aitor de 16 años y diciendo que se le aplicaba la Ley Antiterrorista, se lo llevaron a comisaría.
Después de 72 horas de incomunicación, es trasladado (sin aviso a la familia) al Juzgado Central de Instrucción número 2 de Madrid, en donde la juez de guardia decide su ingreso en la prisión de Alcalá-Meco.
Los motivos son muy simples; se le acusa de colaboración con banda armada, estragos y delito de terrorismo, ya que después de haber estado 72 horas incomunicado, firmó en Comisaría una decalración por la cual admitía haber atacado el dia 15 de agosto de 1996, la Comandancia de Marina de San Sebastián y un autobús en la misma localidad y el mismo día.
Antes de seguir, juro por Dios, por mi vida y por la salud de mis hijos que todo lo que a continuación relato, es la verdad y sólo la verdad.
El día 5 de enero del presente año y con grandes dificultades, nos conceden autorizacion para ver a nuestro hijo en Alcalá-Meco. En honor a la verdad, debo decir que aquél fue el momento más terrible y difícil de nuestra vida ya que nuestro hijo estaba irreconocible, prácticamente calvo y con grandes moraduras por toda su cabeza.
Aquel muchacho de 16 años, sacado de una fotografía del libro "Deportación-el horror de los campos de concentración" que nosotros vimos, ya había sido visto en la comisaría de Pamplona, tres días antes, por un forense, ante el cual le hicieron firmar que no había sido maltratado, y también habia sido visto en el Juzgado número 2 de Madrid por la juez de guardia, quien después de aquel espectáculo dantesco, decide que ese peligroso adolescente tenía que ser encerrado urgentemente y sin posibilidad de libertad bajo fianza.
Nuevamente juro por la salud de mi familia que el dia 15 de agosto de 1996 mi hijo Aitor, junto con dos compañeros de clase, los padres de uno de ellos, otro matrimonio amigo de éstos y sus tres hijos, se encontraban de vacaciones en una casa alquilada por estas dos parejas, en un pueblo del norte y para todo el mes de agosto, del que no faltaron en ningún momento el día 15 de agosto de 1996, lo cual puede ser ratificado por las nueve personas que en ese día permanecieron juntas en aquella casa cerrada y con jardín.
Deseo por tercera y última vez volver a jurar por mis hijos, que son lo que más quiero en este mundo, que las acusaciones que le hacen a mi hijo Aitor son falsas, no teniendo prueba alguna (excepto la firma de mi hijo, la cual juro que se realizó mediante la aplicación de torturas) que demuestre lo contrario. Y habiendo llegado a un grado de desesperación tal, ya que han destruido la vida de un adolescente y toda su familia, pido a quien corresponda que desenmascare a las "personas" que organizaron en su día todo este montaje con el solo fin de ponerse unas medallas, sin escrúpulos de los sufrimientos de personas inocentes, que ellos tuviesen que destruir por encontrarse en el camino de sus propósitos.
Deseo que termine esta pesadilla lo antes posible, y asimismo manifiesto que yo ni perdono ni olvido, y pido que un día todos los que han participado en este macabro asunto tengan que pagar caro por ello.
Si la redacción de EGIN se digna incluir esta denuncia y grito de injusticia entre sus hojas, yo podré mirar a mi familia y principalmente a mi hijo Aitor, sin sentir la vergüenza que durante estos 10 meses he arrastrado por mi cobardía de no hacer pública esta confesión.
José Manuel GIL SADABA